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Por mares desconocidos

Hubo un tiempo, hace muchos años, en el que los hombres viajaban miles de kilómetros, hacia las tierras frías, en busca de su sustento. Eran los siglos XVI y XVII cuando balleneros vascos zarparon rumbo al norte del Atlántico para buscar las ballenas que habían desaparecido de la costa vasca.

 
Navegaron a mar abierto, por aguas desconocidas, hacia septentrión, cada vez más lejos de la seguridad del viejo Cantábrico y de sus puertos, y llegaron hasta una tierra en cuyas aguas abundaban las ballenas: Terranova, a la que los vascos llamaron Ternua. Allí, durante meses, a bordo de pequeñas chalupas, luchaban a diario no sólo contra las ballenas, sino también contra unas condiciones climatológicas extremas. Contra los vientos del norte, contra los hielos amenazantes, contra una mar desesperada, contra un frío polar. Un decorado terrible donde los hombres sobrevivían gracias a la fe, a la determinación y al valor. Trabajando en equipo, dependiendo y confiando unos en los otros, con solidaridad, con entrega. Y preservando el medio que les daba de comer. Porque aquellos hombres sabían que el mar no les pertenecía a ellos, sino que ellos pertenecían al mar.