Un artículo de Sebastián Álvaro, periodista, aventurero y escritor.

Hay historias desconocidas que, sin embargo, tienen el privilegio de convertirse en ejemplares y darnos una pequeña idea de los esfuerzos que exigieron el progreso de la civilización en el mundo. Es probable que unos lo conozcan pero muchos otros no sepan que fueron 23 huérfanos españoles de entre ocho y diez años quienes salvaron la vida a cientos de miles, quizá millones, de personas en las antiguas posesiones españoles que cubrían buena parte de América y en zonas tan remotas como Filipinas y otras islas del océano Pacífico. Y lo hicieron a riesgo de su vida llevando en su cuerpo los anticuerpos de la vacuna contra la viruela. De eso hace más de dos siglos y todavía hoy hay niños en nuestro país que no se vacunan porque la ignorancia o superstición de sus padres no lo consideran adecuado. Entre estos dos hechos no sólo hay 205 años de diferencia sino un abismo, el que separa la lucha de la ciencia por hacer nuestra vida mejor, de la superstición y la ignorancia, valga la redundancia.

La vacuna de la viruela

Hasta comienzos del siglo XIX la viruela era una de las enfermedades que causaban mayor mortandad en el planeta. Afectaba a todo el mundo por igual y las epidemias que causaba asolaban cualquier lugar de nuestro planeta. Sin embargo a finales del siglo XVII un médico inglés, Edwrad Jenner, se percató de que las lecheras de los pueblos que atendía, la enfermedad no era mortal sino una variante de la enfermedad más benigna, la llamada viruela de vaca (de ahí el nombre de “vacuna”) que no causaba los terribles estragos de la viruela. Pronto comprobó que la inmunidad de aquellas personas frente a la enfermedad era el haber estado expuesto antes a la variedad menos letal. De esta forma en 1798 publicó su trabajo y en 1800 la vacuna llegó a España.

Por aquel entonces la viruela era una auténtica pandemia que causaba multitud de muertes y probablemente la mayor causa de mortalidad en América desde que fuese transportada a finales del siglo XV por los colonizadores europeos. Por eso sorprende que con una rapidez ejemplar el Consejo de Indias estudiara la posibilidad de llevar la nueva vacuna a América y Asia para proceder a la vacunación de buena parte de la población. Eso que, aun hoy, podría ser una operación de una envergadura y una logística muy notables, a comienzos del siglo XIX se antojaba sencillamente imposible. Recordemos que hoy tenemos frigoríficos para conservar los medicamentos y medios tecnológicos impensables en aquella época.

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Se necesitaban barcos que dieran la vuelta al mundo, personal especializado, marinos audaces, soldados que protegieran las vacunas y al personal que lo harían posible. Y, a pesar de todo, incluso en contra de la opinión de muchos especialistas, se decidió llevarlo a cabo. Y fue, además, una iniciativa de Estado, que demostraba la preocupación de los poderes públicos por la salud y la vida de los gobernados que vivían allende los mares. Para todo ello se procedió a la creación de unas Juntas de Vacunación, al frente de las cuales se puso como director a un personaje notable y altruista, Francisco Javier Balmis, uno de esos hombres ejemplares cuya memoria, en buena medida, se ha olvidado. A él le deben la vida millones de personas en América y Asia.

Quizás quien mejor reflejó trascendencia de esta expedición de vacunación fuese el sabio alemán Alexander von Humboldt, cuando dejo escrito que: “…permanecerá como el más memorable en los anales de la Historia.” Por desgracia, el gran geógrafo y explorador alemán se equivocaba pues la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, promovida y liderada por un Balmis, no es ni mucho menos tan recordada como debiera.

23 niños

El precursor de la geografía moderna no contaba con la desmemoria que tenemos para sus grandes hombres. Así que en este caso, como en otros muchos, conviene recordar la Historia. En 1803 levaba anclas del puerto de La Coruña la expedición el barco “Maria Pita”. A bordo iba el doctor Balmis, varios enfermeros, practicantes y médicos. Luego se utilizarían cuatro barcos más, dividiéndose por varios lugares distintas a miles de kilómetros, pues deberían ser veloces ya que la epidemia en América se estaba cobrando la vida de miles de personas. Lo más notable fue la solución que se les había ocurrido para conseguir que la recientemente vacuna descubierta llegase intacta y cumpliese su función en las colonias españolas de ultramar. Esa solución eran los 23 niños que llevaban la vacuna inoculada en su cuerpo. De hecho la expedición contó con el firme apoyo, económico y político, del rey Carlos IV pues su propia hija, la infanta María Luisa, la había padecido.

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Hasta 1814 la expedición, sobreponiéndose a todo tipo de avatares como cabe imaginar, fue llevando la salvación por todo el imperio español, que se estaba desintegrando, llegando desde México a California, zonas de la actual Canadá, Guatemala, Honduras Nicaragua, toda América del sur e incluso a Filipinas y China. De la magnitud de aquella vacunación bastaría dar algunos datos; sólo en Cuba se vacunaron a 15.000 personas, en Manila 9000, en Luzón 20.000 y mientras la vacuna se inoculaba a otras personas que, a la vez, servían de “contenedores” para poder vacunar en otros sitios más lejanos y perdidos. Incluso, de vuelta a España, vacunaron a la población de la perdida isla inglesa de Santa Elena. Al final aquella expedición Filantrópica fue la primera campaña sanitaria de ámbito mundial y duró de 1803 hasta 1814.

Sería una referencia mundial hasta bien entrado el siglo XX. Su director Francisco Javier Balmis murió en Madrid en 1819, fue el creador de la idea y el que la llevó a cabo. Que yo sepa no tiene estatuas ni reconocimientos a su labor ni en España, ni en América ni en Filipanas. Su ayudante, el subdirector José Salvany y Lleopart, murió en 1810, a los 34 años de edad, en Cochabamba, mientras luchaba por llevar las vacunas a los más indefensos. Para entonces ya había recorrido más de 18.000 kilómetros en las condiciones más precarias y había puesto más de 200.000 vacunas. Su memoria se ha perdido, de la misma forma que el resto de médicos, enfermeros y esos niños que se iban inoculando uno a otro la enfermedad y que hicieron posible tal milagro. Fueron ellos los que lo hicieron posible.

Las vacunas hoy

Basta para entender lo que ha supuesto el descubrimiento de las vacunas para los seres humanos la reciente afirmación del premio Nobel de medicina de 2011 Jules Hoffman: “Las vacunas han salvado 1.500 millones de vidas.” Para él son el mayor logro de la medicina sin duda alguna. Sin embargo, en eso que llamamos el mundo occidental se está extendiendo una actitud anti vacunas que ha llevado a niños de seis años a la UCI por una enfermedad que hacía más de 30 años que no se daba en España y a que el sarampión vuelva a ser un problema en nuestras escuelas, por poner sólo dos inquietantes ejemplos recientes en nuestro país.

En el otro extremo del mundo, en Asia Central, los trabajadores sanitarios que se dedican a vacunar a poblaciones escondidas entre las montañas pueden ser, directamente, perseguidos o asesinados, como ha ocurrido en Pakistán o Afganistán, después de haber sido puestos como enemigos públicos a los que hay que pegar un tiro en la cabeza. Talibanes y líderes religiosos se oponen en estos lugares a que los niños, por ejemplo, sean vacunados contra la polio, una terrible enfermedad que deja secuelas muy graves y que sigue siendo una pandemia en lugares como Nigeria o Pakistán. Alimentados por apocalípticos integristas y demagogos de Youtube, denunciantes de misteriosas conspiraciones, estos presuntos rebeldes enardecidos por su ignorancia se olvidan de que en otros lugares del mundo, mucho menos afortunados, las madres tienen que caminar días, incluso jugarse la vida, para lograr que vacunen a sus hijos y así ofrecerles un futuro más esperanzador. Algo a lo que se oponen la estupidez y la ignorancia, ambas infinitas, como el Universo que se oponen a la inteligencia guiada por la curiosidad. Parece mentira que entrado el siglo XXI algunos sean incapaces de comprender que aquel largo viaje de las vacunas, iniciado hace dos siglos y que hemos logrado culminar, gracias a héroes como Balmis, nos ha legado un mundo mejor. Nunca se nos debería olvidar que siempre caminamos sobre la buena gente que nos precedió.

Conoce aquí el último proyecto de Sebastián Álvaro con el que hemos colaborado desde Ternua.

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