Hace hoy 67 años, es decir, el 22 de agosto de 1955, un joven de 25 años pisaba la cima de la Aguja del Dru, en el macizo del Mont Blanc. Llegaba proveniente del abismo de su cara oeste; llegaba solo. Su nombre era Walter Bonatti y acababa de convertirse en leyenda.

 

De Walter Bonatti se ha dicho mucho y casi todo bueno: que ha sido el mejor escalador de la historia, que ha sido el de estilo más puro, que fue el primer escalador moderno o el último clásico... Sin embargo, cuando aquel día alcanzó la cima de la Aguja del Dru, Bonatti llevaba un año soportando injurias y malas jugadas por gran parte de sus colegas de profesión; una situación que, sin duda, tuvo mucho que ver en la forma en la que decidió emprender aquel reto mayúsculo: en solitario y en completa autonomía de medios.

 

El Grand Capucin

 

Casi se podría decir que Walter Bonatti no se formó alpinista, que nació directamente así. Nadie había oído hablar de él cuando completó su primera escalada encordado, a los 18 años; pero solo año y medio después ya se había apuntado algunas de las vías más duras de los Alpes (directísima del Croz, norte del Piz Badile, oeste de la Aiguille Noir de Peuterey y, sobre todo, la cuarta repetición del espolón Walker de las Grandes Jorasses…). Era un comienzo fulgurante, algo nunca visto, el anuncio de una trayectoria espectacular.

 

Y entonces se puso a crear.  

 

 grand capucin

La cara este del Grand Capucin

 

Estamos en 1951. Bonatti se planta en la base de una pared considerada imposible para la época: la cara este del Grand Capucin. Va acompañado de su amigo Luciano Ghigo. Es su segundo intento juntos —el tercero de Bonatti, que ya le ha dado un tiento previo en compañía de Camillo Barzaghi—, pero aquella pared resulta ser un laberinto insondable de desplomes y fisuras que parecen disolverse en placas lisas y completamente verticales. La vía se resiste.

 

Durante días Ghigo y Bonatti surcan aquella intimidante muralla roja, tanteando a izquierda y derecha en busca de un camino que permita alcanzar la cima. Suben, bajan, buscan… Cada largo contiene un desplome o una placa que se interpone como una clave a descifrar, pero que solo esconde otra, y otra, y otra… Y por fin, a medio día de la cuarta jornada, ya no hay más claves; los dos hombres se encuentran en la cima. El misterio de la cara este del Grand Capucin ha sido desentrañado. El legendario alpinista y escalador austriaco Hermann Buhl dirá posteriormente que esta vía es “la escalada más difícil sobre granito en sentido absoluto”. El Grand Capucin es una obra maestra de la escalada y de la navegación. También es la llave que le abre a Bonatti las puertas del Himalaya, algo que cambiará su destino.

 

La polémica del K2

 

A principios de los 50 los ochomiles son un asunto nacional. Los franceses se han apuntado el primer tanto con el Annapurna; los ingleses han suplido la humillación escalando el Everest (por fin se llevan uno de los tres polos) y los alemanes y austriacos han coronado el Nanga Parbat, que ha sido objeto de su obsesión y escenario de sus desgracias durante décadas. Ante este panorama, los italianos corren a intentar coronar el K2, a sabiendas de que los americanos ya andan en ello. Creen que las expediciones del inefable Amadeo de Saboya les dan derecho preferente. El K2 no será el primer ochomil, ni el más alto, ni el más temido (aún), pero es sin duda el más complejo y el más hermoso; “la montaña que dibujaría un niño”, como dice Ramón Portilla.

 

Ardito Desio, geólogo, alpinista y explorador de carácter autoritario es designado director del proyecto. Gracias a su apertura en el Grand Capucin, Walter Bonatti está en su lista. Con solo 23 años, es el más joven de toda la expedición.

 

Todo el mundo sabe que Bonatti es el hombre fuerte del equipo, pero nadie quiere renunciar al sueño de ser el primero en la cima. Desio dirige la expedición con mano de hierro, pero a la hora de la verdad no podrá decidir quién se llevaba la gloria, porque las cordadas progresan por la montaña sin equipos de radio, y Desio es como Hunt o Herligkoffer, no como Herzog; es decir, dirige, pero no escala. La decisión la tendrán que tomar quienes estén más arriba en el momento adecuado.  

 

Así las cosas, el 30 de junio se encuentran cuatro hombres en el campamento VIII, a 7.627 metros: Pino Galloti, Achille Compagnoni, Gino Lacedelli y Walter Bonatti. Acuerdan entre ellos que Lacedelli y Compagnoni subirán para intentar establecer un noveno y último campamento a 7.900 metros, mientras Galloti y Bonatti descienden hasta el séptimo y vuelven con cilindros de oxígeno para el intento de cumbre. Galloti y Bonatti bajan, pero el primero se queda en el campamento. En su lugar, salen cargando con las bombonas el propio Bonatti, Enrico Abram y un porteador hunza de nombre Amir Madhi. Llegan a 7.900 metros y no encuentran ni rastro del campamento que debería estar allí. Siguen ascendiendo, pero el tiempo se les echa encima. A las 18:30 Abram se da la vuelta para evitar las congelaciones. Madhi quiere volver también, pero Bonatti le convence de seguir adelante mediante tretas (siempre será criticado por ello, con razón). Madhi no tiene calzado apropiado para moverse a esa altura, pero el italiano confía en llegar a las tiendas. El oxígeno es la clave para que la expedición culmine con éxito. Pero, además, sabe que, si llega, él puede estar en la cordada que haga cima…

 Walter Bonatti y Enrico Abram

Walter Bonatti y Enrico Abram

 

La noche les alcanza a 8.100 metros. Madhi está entrando en pánico. Seguir es demasiado peligroso, volver también. Bonatti excava una plataforma para vivaquear a pelo, grita llamando a sus compañeros… La situación es desesperada. A las 22 horas, mientras ambos hombres tiritan acurrucados en su pequeña plataforma, una luz se enciende 50 metros más arriba. Escuchan una voz; ¡les dice que dejen las botellas allí y se marchen! ¿Cómo? ¿A dónde?

 

“Yo debí haber muerto esa noche”, dirá Bonatti después. Pero no murió; tampoco Madhi. Después de un vivac infernal a 25º bajo cero y con vientos de 70 km/h, el amanecer los encuentra vivos, pero maltrechos. Especialmente Madhi, que sufre graves congelaciones y perderá todos los dedos de sus pies y varios de las manos.

 

Compagnoni y Lacedelli consiguen hacer cima a las 18:00, hacen algunas fotos, graban una breve película y descienden. Enseguida estalla la polémica. Bonatti espera, como poco, una disculpa, pero no la obtiene. Acusa a sus compañeros de haber cambiado el campamento de lugar para asegurarse el puesto en la cordada de cima y de haberlo abandonado a la muerte; ellos a él de haber consumido parte del oxígeno por la noche, poniendo en grave riesgo sus vidas durante el intento de cima… Desio lo retuerce todo a su conveniencia y encubre la actuación de Comagnioni y Lacedelli en su informe final de la expedición. Ellos son los héroes. La “verdad oficial” insinúa que Bonatti fue indisciplinado y trató de sabotear la expedición por su propia ambición. Habrá polémica para años, habrá juicios (hasta cuatro) y habrá mucho rencor. Pero lo más importante para la historia del alpinismo es que el K2 deja una huella indeleble en Bonatti. Se produce un cambio en su mentalidad que, visto en retrospectiva, es un punto de inflexión en la historia de la escalada.

 

Catarsis en el Dru

 

Bonatti regresa del Karakorum asqueado, abatido. “Una experiencia así marca a fuego el alma de un hombre joven, y desequilibra su espíritu lo suficiente para hacerlo enfermar”, dirá años después. Lo que tiene es una depresión de manual. Entonces se refugia en una forma de hacer montaña diferente: extrema, minimalista, solitaria. Quiere probarse, reafirmarse y, sobre todo, no depender de nadie. Concibe la idea de volver al K2 y escalarlo en estilo alpino y sin oxígeno (¡en 1955!), pero el Club Alpino Italiano sabotea el proyecto. Entonces se vuelve hacia sus amados Alpes, donde no necesita el permiso de nadie para hacer lo que le venga en gana. Y allí ve la Aguja del Dru; una afilada pirámide de roca cuya cara oeste cae a plomo 1.000 metros. Como el Grand Capucin, pero a lo bestia.

 

Es 1955 y solo existe una vía que surque aquella enorme muralla. La han abierto dos años antes cuatro escaladores recurriendo a una cantidad considerable de ayuda artificial. La idea de Bonatti es otra: planea meterse en ese mar de piedra él solo, sin apenas material, y salir por arriba de la forma más deportiva posible. Su idea supone una ruptura con la orientación que está empezando a tomar el mundo de la escalada en roca. O, más que una ruptura, un atrincheramiento en sus principios: son otros los que han empezado a hacer las cosas de otra manera, no él.

 

Un invento reciente, el buril, permite a los escaladores subir por donde sea, practicando orificios en la roca y, en opinión de Bonatti, se está empezando a utilizar con demasiada alegría. Él no quiere dejar tras de sí nada que altere la roca. Entrará con lo justo y saldrá como pueda. No llevará ni burilador ni buriles; en su lugar, solo 79 clavos, 2 martillos, 15 mosquetones, 6 tacos de madera, 3 estribos y 2 cuerdas, una de nylon y la otra de seda. Eso es todo lo que mete en la mochila, aparte de la ropa, la comida, el agua y un pequeño infiernillo.

 Aguja del Dru

Aguja del Dru. La vía Bonatti discurría por un espolón ya desaparecido. El paño de roca más clara indica dónde estaba. 

 

El 15 de agosto se mete en la pared. Las cosas no empiezan bien. El primer día yerra un martillazo y se destroza la punta del dedo anular, pero decide seguir. El segundo día, uno de los clavos que lleva en la mochila agujerea la botella de alcohol para el infiernillo y el líquido se derrama echando a perder la mitad de sus provisiones. Pero Bonatti sigue adelante como en estado de trance. Progresa poco a poco, pero sin pausa. El 20 de julio ya está demasiado alto en la pared y demasiado embarcado como para considerar una retirada. Entonces aparece ante él un desplome negro que prometía, desde abajo, ser una de las claves de la vía. Bonatti lo intenta por la izquierda, siguiendo una fisura que de pronto desaparece. Entonces se cuelga (otro clavo que se queda allí) y pendula sobre el vacío hacia la derecha. Alcanza una pequeña repisa, pero descubre que, al otro lado, no hay nada más que roca lisa y abismo. No hay escapatoria. La cosa se ha puesto de repente muy seria y Bonatti es consciente. “Estaba a dos pasos del mundo y de los hombres, pero vivía prisionero de otra dimensión, estaba en otro planeta”. Tiene un momento de desolación, ni los recursos ni el material que lleva sirven para salir de allí…

 

Entonces concibe la peor idea del mundo. Se fija en una serie de fisuras estrechas en el labio del desplome y decide que un buen nudo podría quedarse empotrado allí. Toma una de las cuerdas, hace una serie de gazas en uno de los cabos y empieza a lanzarlo con la intención de trabar un nudo en alguna de aquellas fisurillas. Por fin, una de las gazas queda atrapada, pero, ¿cuánto peso aguantará? Toma la cuerda con ambas manos, traga saliva como si fuera arena y da un paso de fe. Se balancea en el vacío conteniendo la respiración, el abismo a sus pies. Ha dejado de ser escalador para ser funambulista. El nudo aguanta. Bonatti espera a que el penduleo se reduzca y luego remonta a pulso por la cuerda hasta alcanzar el borde del desplome. Ahora sí que sí, o sale por arriba o no sale. Y todavía le quedan dos días de escalada.

 

Finalmente, como hemos dicho, Bonatti alcanza la cima hace hoy 67 años. La efeméride no es redonda, pero señala un momento en la historia de la escalada que será definitorio y merece la pena señalar. Durante algún tiempo los buriles se abrirán paso por las paredes del mundo —Maestri llegará incluso a usar un compresor para abrir una vía como una escalera en el Cerro Torre— pero, finalmente, la ética de Bonatti se impondrá y el burilador ocupará el lugar que le corresponde; el de una herramienta útil, pero de último recurso.

 

Reparación

 

Walter Bonatti volvió a sorprender al mundo diez años después, al abandonar el alpinismo profesional en la cima de su carrera. Lo hizo justo después de abrir una vía puntera en la norte del Cervino, otra vez en solitario. Había jugado demasiadas veces con la muerte (y la había visto muchas veces a su alrededor) como para saber que esa partida no se puede mantener indefinidamente. Pasó sus siguientes años como explorador, viajero y divulgador. Murió en Roma en 2011, a los 81 años.

 

 bonatti retrato

 

Pero antes tuvo la satisfacción de ver su nombre libre de toda sospecha en el asunto del K2. Después de varios juicios y de publicar dos libros sobre el caso —por no hablar de la credibilidad que se había labrado como escalador—, Bonatti había conseguido que la mayoría del público creyera en su versión; pero la historia oficial seguía tachándolo de mentiroso. El gran engaño comenzó a resquebrajarse a mediados de los años 90. Por aquel entonces un médico australiano aficionado a la historia descubrió por casualidad un viejo semanario cuya portada ponía en duda la versión de Compagnoni y Lacedelli. En ella se veía a los dos hombres en la cima del K2. Uno de ellos llevaba la máscara de oxígeno puesta y el otro se la acababa de quitar. La imagen demostraba que no era cierto que se hubieran quedado sin oxígeno antes de la cima y hubieran tenido que abandonar las bombonas más abajo, como relataron. Después, en 2004, Gino Lacedelli rompió por fin un silencio de 50 años con la publicación de un libro titulado K2, Il prezzo della conquista. En él se retractaba de su versión y daba la razón a Bonatti. Según él, fue Compagnoni quien decidió mover el campamento para, efectivamente, asegurarse la cima. Y por fin, en 2008, el Club Alpino Italiano publicó K2, una storia finita en la que enmendaba la “historia oficial” y hacía justicia con los hechos de aquel lejano 1954. El asunto quedaba zanjado, a pesar de que Compagnoni siguió pataleando, sujeto a su mentira hasta el día de su muerte.

 

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Hubiera existido la Bonatti del Dru, de no haber existido el Bonatti del K2? Probablemente no. O tal vez habría sido una vía distinta, menos avanzada para su tiempo… En cualquier caso, la pared que Bonatti dejó tras de sí tal cual la había encontrado, ya no existe. El pilar por el que discurría la vía se vino abajo el 25 de junio de 2005, casi exactamente 50 años después de aquella apertura legendaria que cambió la historia de la escalada en roca.