El vivac sobre cumbres tal vez no sea una actividad para todo el mundo. No lo es, desde luego, para quienes entienden la premura como el fundamento de cualquier actividad, incluidas las de montaña. Pero sí para quienes buscan pequeñas (a veces grandes) aventuras, contemplan tanto o más que caminan y prefieren un café en el hornillo que una bebida energética en la cantimplora. Es una suerte que en la montaña quepamos todos. Pero también que, cuando se pone el sol, solo queden los cimaqueadores.

 

Porque, aunque cada vez más gente se anima a pasar la noche sobre alguna cumbre, sigue siendo muy raro coincidir con alguien. Aún hay muy pocos cimaqueadores y muchas, muchas cumbres en las que dormir. Esa soledad confiere al vivac en cimas una sensación de aventura que es difícil encontrar en una actividad por lo demás tan poco técnica. Y es que el concepto es simple y está al alcance de cualquier montañero: se sube hasta la cumbre de una montaña, se pasa la noche en ella y se desciende con las primeras luces. La puesta de sol sobre un mar de montañas, el firmamento cargado de estrellas y un amanecer que devuelve la vida al mundo se encargan, normalmente, de darle sentido a la experiencia.

 

No obstante la simplicidad de la idea, la logística tiene su miga. Es esta una actividad en la que la comodidad durante la marcha y la comodidad durante la velada suelen ser inversamente proporcionales. Los minimalistas pasan noches incómodas; los maximalistas llegan al vivac derrengados. En el equilibrio está la perfección. Aunque cargar con algo inútil y olvidar algo fundamental es un clásico inevitable. Se pueden echar mucho de menos unos guantes o un gorro cuando la actividad no termina a media tarde, sino mañana.

 

El éxito depende en gran medida de la planificación. No todas las cumbres son “vivaqueables”, a no ser que a uno no le importe pasar la noche sentado. Escoger bien la cama es fundamental. Claro que en este hotel no se pueden hacer reservas, si uno opta por los grandes clásicos, como el Aneto o el Vignemale, aumentan las posibilidades de coincidir con alguien. Eso puede desmerecer la experiencia si se tiene un espíritu muy anacoreta, pero también puede resultar en una nueva amistad, quién sabe. Por otra parte, la ventaja de las cimas humildes a la sombra de las grandes es que estas forman parte de las vistas desde aquellas. Ya se sabe que lo peor del Cervino es que desde su cumbre no se ve el Cervino.

 vivac en una cumbre

 

Y claro, aunque escojamos bien la cumbre, tampoco todas las noches son ideales. La meteorología manda. ¿Quién querría darse la paliza para encontrar el panorama vetado por la niebla o, peor aún, amanecer empapado por la lluvia? La estación también influye. A principios del verano las noches suelen ser amables, pero, si no lo son, al menos son cortas; a principios del otoño, en cambio, el amanecer se hace de rogar y las estrellas no alcanzan para llenar una noche tan larga. El resto del año es para aventureros de vocación.

 

El horario es también importante. Aquí se va a contracorriente: se echa a andar cuando todo el mundo baja, y se inicia el descenso cuando todo el mundo echa a andar. Llegar a media mañana a una cumbre en la que se pretende dormir es como guardar cola durante horas para ver un espectáculo; desmotiva, aburre y sin duda influye en la opinión que después nos formaremos de la experiencia. En cambio, hay una especie de placer morboso en estar desayunando en una cumbre, con los pies metidos en el saco, cuando el primero de los montañeros del día la alcanza, convencido de que ha sido el más rápido y podrá disfrutar de ella en solitario. Nadie dijo que los cimaqueadores no pudieran tener defectos de carácter.

 

En cualquier caso, todos los detalles de la planificación de un vivac en una cumbre los resuelve la lógica o los pule la experiencia. Al final, llegado el momento, se trata de caminar, contemplar y disfrutar del mundo a los pies de tu cama. Una cosa es segura: quienes lo prueban, repiten.