Diario de a bordo en Groenlandia. De nuestro friend Vicente Castro, explorador polar.

Este año se celebran los 50 años de la misión del Apolo 11, la llegada del ser humano a la luna y posiblemente la culminación de eso que llamamos "expedición". En realidad, eso que deberíamos celebrar, lejos de las significaciones políticas y económicas, es la curiosidad humana, el espíritu de descubrir, conocer y admirar todo aquello que nos rodea. Los alpinistas somos de alguna manera astronautas que tratamos de salir al espacio exterior y poner el pie allá donde nadie más ha llegado.

Los alpinistas somos de alguna manera astronautas que tratamos de salir al espacio exterior y poner el pie allá donde nadie más ha llegado.

Con humildad, quisiera contaros un viaje donde los objetivos alcanzados no llegan a la talla de la luna, pero, para nosotros, que lo vivimos, fue como llegar a otro planeta: Groenlandia.

Cuatro amigos y un velero

Todo comienza con cuatro amigos, más o menos conocidos, y un puerto de mar en la lejana Islandia. Allí donde nadie imagina que se pueda empezar una expedición de alpinismo por Groenlandia.

Hoy en día hay aviones y las librerías alpinas rebosan de guías de escalada y viaje. Con nuestro teléfono y Google somos capaces de encontrar desde un lugar para vivaquear hasta las líneas de rapel. Pues bien, nosotros elegimos el barco y precisamente un velero de 12 metros para transportarnos. Elegimos también unas montañas, de esas que no se encuentran en las guías y que tampoco tienen líneas de rapel en Google.

Elegimos montañas de esas que no se encuentran en las guías y que tampoco tienen líneas de rapel en Google.

El viaje de alpinismo, desde el mismo día de embarcarnos en ese puerto lejano, deja de ser un viaje de escalada más. Este viaje va poco a poco entrando dentro de nosotros en forma de amistad, de observación de la naturaleza y un permanente estado de atención a lo que nos rodea. El viento, el mar, el hielo... Y finalmente las montañas de Groenlandia.

Eso que veníamos o no buscando, aparece, volvemos a ser seres humanos "desnudos" frente a algo que nos supera en todos los sentidos. Ningún "juego" puede ser más limpio.

Eso que veníamos o no buscando, aparece, volvemos a ser seres humanos "desnudos" frente a algo que nos supera en todos los sentidos.

Las dificultades de la expedición a Groenlandia

Digamos que en esta historia hay muchas cumbres y cada una con su dificultad.

La primera es atravesar el estrecho de Dinamarca, el mar que separa Islandia de la costa este de Groenlandia.

La segunda ser capaces de atravesar las "barreras" de hielos que derivan después del invierno ártico de Groenlandia y que están formadas por trozos de banquisa e icebergs de los glaciares groenlandeses. Una deriva y densidad difícil de calcular. Sobre todo para la velocidad de nuestra pequeña "nave".

Después nos queda el encontrar una montaña y ser capaz de escalarla.

Y por supuesto la última y más importante cumbre es regresar.

Con esta lista de desafíos lo mejor es comenzar por tener paciencia, algo a lo que los marinos se acostumbraron hace siglos y a lo que los montañeros tienen la dificultad a adaptarse o se olvidaron.

Cruzar el estrecho de Dinamarca

Poco a poco vamos ganando terreno y a pesar de las malas condiciones  meteorológicas avanzamos hacia el norte de Islandia costeando y refugiándonos cuando el mar nos obliga. Así ganamos latitud para reducir la distancia que nos separa de nuestras montañas en Groenlandia. Nos preparamos para "asaltar" el estrecho de Dinamarca.

El día de zarpe llega y salimos aun en la cola de la profunda borrasca que atraviesa Islandia, no hay tiempo que perder y preparamos el barco para unas horas de tiempo "duro".

La llegada es más parecido a un alunizaje que a un desembarco.

Las pocas horas de esa "lavadora" marina de agua helada que estaba prevista se convierten en casi 24 horas de centrifugado. Los menos marinos sufren las consecuencias y nuestro barco "Iorana" encaja los golpes. Cuando la niebla nos deja ver algo apenas a 30 millas de la costa de Groenlandia , el fiordo de Kangerdlussuak se abre frente a la proa.

Hielo y más hielo, a motor vamos avanzando rezando para que el viento no nos encierre en una trampa de la que difícilmente nos salvará nadie.

La llegada es más parecido a un alunizaje que a un desembarco, las piernas tiemblan y el movimiento del barco no abandona aún el cuerpo.

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Objetivo: escalar (por espacios vírgenes)

Afrontamos nuestra segunda cumbre, la de encontrar la línea soñada.

Si un día alguien se embarca en esta aventura, que sienta lo mismo que nosotros... Caminar por el espacio aún virgen.

Como siempre que uno sale del "barrio", las montañas nos parecen más grandes y más inaccesibles, las dudas sobre nuestras capacidades son parte del desafío. Nos movemos difícilmente por los hielos del fiordo de Groenlandia para encontrar un fondeo seguro y que garantice que el barco no lo hundirá un iceberg en nuestra ausencia, encontramos uno que ya había probado en otro viaje exploratorio en el año anterior.

El objetivo es simple.... Subir las reglas, elegir una línea que nos permita disfrutar de escalar en estas tierras remotas y no dejar nada atrás. Si un día alguien se embarca en esta aventura, que sienta lo mismo que nosotros... Caminar por el espacio aún virgen. Dejamos atrás material y cuerdas, un juego de friends sin repetir y algún clavo por si las moscas, una cuerda fina cada cordada y muchísima imaginación. Alcanzamos los 400 m sobre el fiordo caminando y trepando por un terreno sencillo. Encordados continuamos y entre largos o ensamble cada cordada por un lado nos perdemos de vista. Unos 500 metros de escalada después, salimos a la cumbre. Una puntiaguda plataforma en lo que el único mapa existente llama Keblebjerg, ignoramos si alguien subió aquí alguna vez ...La verdad nos da igual porque nos sentimos solos en este mundo de glaciares y montañas en plena Groenlandia.

Una larga bajada por su vertiente nordeste nos deja de nuevo en la playa frente a Iorana, esta vez los hielos fueron amables con nuestro barco.

Fondeando en una bahía y vuelta a escalar

El día siguiente decidimos cambiar de fondeo y nos arriesgamos entrando en una pequeña bahía en apariencia encerrada en hielos. En su interior, la forma de la entrada y la dirección del viento la guarda protegida y nos permite entrar y “plantar” el ancla. Pensad que navegar sin cartas marinas es un poco como abrir vías de escalada.... No siempre se alcanza la cumbre.

Aprovechando esta locura del sol de medianoche de Groenlandia y la ausencia total de oscuridad preparamos el "armamento" (el de escalada y el de protección contra los osos, calibre 12).

A las 3 de la tarde ponemos pie en tierra y nos dirigimos a una arista que el mapa dice que mide 1250 m, sin ningún nombre. Esta vez la escalada parece más compleja, y comenzamos a tirar largos enseguida. En una roca a veces de buena calidad y otras no tanto alucinamos con el paisaje en las espaldas... No paramos de hacer fotos. Alguna torre de la que descendemos y seguimos subiendo, nos recuerda a las largas aristas pirenaicas.

Llegamos a la cumbre. Creo que a las 12 de la noche. Somos felices, aun no sabemos por donde bajar o cuantos rápeles nos costará el descenso pero nos da igual de nuevo. Seguimos sacando fotos para no olvidarlo nunca.

Cintas en los bloques, cordinos en las rocas empotradas y la imaginación que no para de trabajar. Con niebla y destrepes alcanzamos la base de este espolón de orientación suroeste y a las 4 de la mañana regresamos al barco.

Esta vez el cansancio nos pasa factura pero la locura horaria nos permite aún unas chuletas de cordero al horno con cervezas.

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De vuelta a la realidad

El día de partir llega y el miedo al océano desaparece porque esta tripulación sabe que el mar como la montaña, se lee, sabe que los vientos se huelen y que Iorana es más que un hogar... Es una nave hecha para las aguas difíciles.

Regresamos atravesando un banco de niebla de dos días de duración, con los ojos desechos de mirar el más minúsculo detalle en la pantalla del radar y a través de lo poco que vemos más allá de la proa. Los hielos son pequeños, aparecen donde no lo esperamos y nos acompañan hasta 25 millas de Islanda. No hay margen de error.

En puerto y con los ojos húmedos por la despedida cada uno confiesa la fuerza de esta experiencia en Groenlandia. En las 4 personas se reúnen 4 vidas de montañas más o menos complicadas, pero ninguna alcanza la simplicidad y a la vez el compromiso de esta expedición. Lo de menos es dibujar un croquis.

Gracias Aurelio, Zigor y Pablo por haber venido a descubrir montañas en Groenlandia.

Vicente Castro y el velero Iorana.