2023 terminó para dos de nuestros friends —Oriol Baró y Martín Elías— con una guinda muy especial; un logro que cerró por todo lo alto un año cargado de actividades. Todo comenzó como un viaje de Oriol, Martín y Nicolás Tapia a la zona de Cerro Castillo, en Patagonia. La excusa era visitar a su amigo —y, en palabras de Oriol “el culpable de todo”— Pere Vilarasau que vive allí. Pero llevaban consigo la idea, el sueño, de completar la arista norte del monte San Valentín, que Oriol había podido contemplar en una visita anterior desde el vecino Cerro Castillo.

En este artículo Oriol nos hace un resumen de la expedición con su habitual estilo sencillo y humilde, quizá demasiado humilde. Por eso nos parece importante, antes de darle la palabra a Oriol, escuchar lo que Jim Donini, leyenda del alpinismo y ex presidente del American Alpine Club ha escrito sobre la montaña y la escalada para el American Alpine Journal. He aquí; sirva para dar a esta actividad su verdadera dimensión:

Desde la terraza de mi refugio chileno, la vista hacia el oeste está dominada por la montaña más alta de Patagonia, el monte San Valentín, que se eleva 4.000 metros sobre el bosque húmedo que se extiende a su base. Aunque el cerro es accesible desde el este y el oeste, hacia el norte la montaña lanza el guante de una arista norte masiva. Llegar hasta esa cresta es casi tan complicado como escalarla. Yo he tratado en varias ocasiones descifrar sus secretos —que incluyen atravesar el bosque y transitar sobre el glaciar—, solo para ver mis intentos frustrados por un cuerpo envejecido y por las tormentas que arrecian desde el Pacíficio. Ahora puedo sentarme en mi terraza, mirar hacia las aguas del lago Chelenko y, después, levantar la mirada hacia la magnífica cara norte del monte San Valentin sabiendo que finalmente ha sido escalada, y en auténtico estilo alpino. Mis felicitaciones a Martín, Nicolas y Oriol

Jim Donini.

Ahora dejamos que sea otro de los protagonistas de la ascensión, Martín, el que de paso al relato que Oriol Baró nos ha hecho llegar sobre esta aventura:

Nuestra ascensión el Cerro San Valentín tiene cierto valor dentro del absurdo de lo alpino, porque está llena de lo que para nosotros representa el alpinismo; amistad, exploración, estética, dificultad y en cierta medida un poco de fracaso, como podréis leer en los párrafos que siguen.
Martín Elías

Cerro San Valentín, la culminación de un sueño.

La primera vez que vi el campo de hielo tuve una sensación un tanto extraña; ¡estábamos en uno de los confines de la tierra! Desde el filo cumbrero del Cerro Stanhard se podía ver hacia el oeste un desierto helado que se extendía hasta los fiordos chilenos.

Esta impactante imagen, y al mismo tiempo la sensación de estar como en casa que tuve desde el primer momento en que pisé la Patagonia, fueron los culpables de que año tras año me escapara del otoño pirenaico para ir a tomar mate al sur del mundo.

Poco a poco los amigos se fueron convirtiendo en una autentica familia, y a medida que iba conociendo más esta tierra, su historia, sus costumbres y sus gentes, también me empezaba a dar cuenta de sus dimensiones gigantescas. Así como tengo los Pirineos organizados en mi cabeza de este a oeste, he intentado durante veinte años dar forma al esquema norte sur de la parte de Patagonia que más o menos he podido ir conociendo. Desde las cumbres, las rutas y los senderos, aprovechando los siempre escasos días despejados, mí objetivo ha sido poder moverme como mis ancestros, conociendo el terreno, imaginándome los caminos de los tehuelches a través de la cordillera andina.

Hace muchos años que la pared norte del San Valentín suena en nuestras conversaciones sobre cerros patagónicos. Gracias a una foto que llegó a mis manos y a la magnífica herramienta que es el Google Earth me pude hacer una idea de la orografía del mayor desnivel de la Patagonia. Y así, en las últimas temporadas he venido organizado mi peregrinación anual a los andes australes con la intención de poder intentar el evidente espolón que separa el glaciar Grosse del glaciar Exploradores y da acceso la cumbre norte.

La culpa es de Pere

Mis primeras visitas a la Patagonia chilena habían sido gracias a lo que me contaba el amigo Pere Vilarasau, y su casa ha sido siempre el punto de partida de toda aventura. Su labor como aperturista y explorador en toda la Patagonia es innegable. En los últimos quince años ha hecho de Villa Cerro Castillo un lugar en el que no te puedes aburrir: escalada deportiva y vías de varios largos cerca del pueblo, nuevos accesos y nuevas rutas en los macizos del Castillo y Avellano.

La primera temporada que me instalé en la región de Aysen con Ferran y Juanjo y pudimos escalar el Cerro Castillo, el amanecer en la cumbre nos regaló una increíble vista de la norte del San Valentín. A través de mates, kilómetros de ripio y caminatas por la selva valdiviana empezábamos a tener claro cual seria el mejor acceso a la inmensa muralla, pero la ansiada ventana de buen tiempo no llegó.

A mediados de octubre ya estaba de vuelta en la región, la gran cantidad de nieve que había del invierno no dejaba ver la primavera por ningún lado. Tampoco se intuía ninguna oportunidad de buen tiempo en el horizonte. Un par de días soleados y fríos a primeros de noviembre nos dieron a Lucia y a mí la oportunidad de seguir los pasos de Pere, abrimos una bonita vía de hielo junto a Nico y Andrés en el Cerro Miller.

La semana siguiente llegaron Martín y Nieves, unos días más tarde Romi y Jonathan, el clan de ibéricos en Castillo se había completado. Mucha deportiva, asados y fiestas esperando el buen tiempo que no llegaba. Por fin, la motivación pudo más que el mal clima y, a pesar de los problemas con la camioneta, encaramos el inicio selvático que nos tenía que llevar al glaciar Grosse. Fueron cinco días caminando, mojándonos y alucinando con las dimensiones del lugar. Entre Nieves, Lucía y yo nos íbamos autoconvenciendo de que las ruidosas avalanchas que caían día y noche no llegarían a nuestra diminuta tienda en medio del glaciar, “las tripas del infierno” como llamábamos a ese lugar. El día despejado lo aprovechamos para subir al pico Mantecol, una cumbrecita de casi dos mil metros que nos sirvió de mirador perfecto del imponente espolón norte del San Valentín, desde allí pudimos ver las buenas condiciones que tenía la pared, la línea y los horarios a seguir en una futura ascensión. Luego emprendimos el camino de vuelta a la civilización; un par de horas antes de llegar al coche, Martín y Romi nos trajeron cerveza y empanadas. ¡Unos grandes!

Se viene la ventana

Creíamos que el trabajo de exploración realizado no sería útil para este año, pero en el trayecto de vuelta a Villa Castillo Martín ya estaba pensando en cambiar el billete de avión, retrasar el regreso una semana y así poder aprovechar la tan ansiada ventana que parecía que se acercaba.

La vida de los andinistas en la Patagonia cambió con la llegada de las predicciones meteorológicas detalladas. Ya nadie se instala dos meses en un bosque de lengas cercano a la montaña con el barómetro como único instrumento meteorológico. Ahora hay que tener conexión a internet e ir siguiendo la evolución de los mapas de isobaras. Los alpinistas nos hemos convertido en aprendices de meteorólogos. Cuando se va definiendo una racha de buen tiempo hay que encontrar un objetivo adecuado teniendo en cuenta las condiciones de la montaña y los días de que dispondremos. En las cordadas estos son días intensos, el clan ibérico de Castillo se divide; las chicas y Romi se van a El Chaltén; Lucia y Nieves escalarán la Supercanaleta al Fitz Roy; y Romi, con mi amigo Pira, disfrutarán de la cumbre de la aguja Tito Carrasco en el valle del Piergiorgio.

Nuestra cordada finalmente estará compuesta por Martín, Nico y yo, pero el primer día de aproximación nos acompañarán Felipe y Richi para conocer el glaciar Grosse y ayudarnos a llevar algo de peso. La caminata empieza lloviendo, no en vano estamos en uno de los lugares donde más precipita de todo la Tierra. La lluvia también nos acompañará la siguiente noche y parte de la posterior mañana. En la tarde del segundo día ya estamos los tres en “las tripas del infierno” de nuevo. Podemos ver la línea a seguir y a pesar de acostarnos con el cielo despejado nos despertamos con una lluvia fina que no cesará hasta que hayamos superado los primeros quinientos metros de desnivel.

La escalada se nos da muy bien y antes de las diez de la mañana del segundo día estamos en la cumbre norte. Grandes tiradas de típica cara norte alpina, mezclados con largos buenos de mixto y una cascada de hielo que se convierte en la guinda del pastel.

Es pronto y a Martín le hace mucha ilusión ir a la cumbre principal. ¡Por lo tanto no nos queda más remedio que recorrer los dos kilómetros que separan las dos cimas! En la cumbre, felicidad, abrazos y la vista del campo de hielo norte. Un viento helado no nos deja estar demasiado tiempo disfrutando del espectáculo.

Los rapeles se suceden con pocos contratiempos y llegamos al gran hombro que llamamos collado del “mezzogiorno”. La decisión de seguir bajando a pesar del calor no fue la más acertada y antes de llegar al glaciar colgado una pequeña avalanchita de nieve pesada me arrastro más de ciento cincuenta metros. Un tanto magullado y con la ayuda de mis compañeros seguimos bajando hasta el emplazamiento de vivac, que está relativamente protegido. Queda la parte más peligrosa; el destrepe de más de ochocientos metros de desnivel y los cinco rapeles que nos llevaran de vuelta al glaciar Grosse. Los analgésicos y la tensión que nos imprime este lugar hacen que mis dolores pasen a un segundo plano hasta que nos encontramos seguros en medio de “las tripas del infierno”.

Ahora sí, contentos, seguros y más consciente de mis lesiones contactamos con Philippe de Puerto Guadal que se compromete a venir a buscarme a las siete de la tarde con su pequeño helicóptero. Los chicos me dejan el material y deshacen todo el camino de aproximación a paso ligero. ¡El vuelo es emocionante! Antes de las diez de la noche estamos todos juntos en el coche disfrutando de la primera cervecita.